Yassell, quien había bloqueado la descarga, corrió en dirección del verdugo de su compañera. Acertó un buen puntapié en ambas espinillas, lo cual derribó al corpulento de dolor; con la punta de los dedos, atacó la zona de los ganglios, a los lados del cuello, las axilas, las ingles, la parte interior de los muslos, la zona baja del abdomen, y ambos lados del pubis. El voluminoso quemado, sufriendo de dolor, pudo incorporarse con esfuerzo y a pesar de su fatiga, pudo apresar a su rival con sus dos brazos de piedra.
—Eres mía, maldita abominación del diablo —refunfuñó el africano—. ¡Te partiré en dos!
—Soy hombre, grandísimo animal —respondió el caído, quien al verse en ese puro, golpeó la nariz de su aprisionador con su frente.
El Grandullón, al sentir el terrible mal recorriendo su nariz, soltó en automático a su presa. Ahora sin prisión alguna y con toda la libertad del mundo, Yassell, golpeó los oídos del monstruoso negro con ambas manos abiertas, enseguida insertó un golpazo en la nariz, con la base de la mano. Instantáneamente, la montaña de músculos quemados comenzó a gimotear a causa del golpe y en un soplo, lagrimas invadieron sus ojos.
—¡Maldito! —Gruñó a causa del dolor.
Ahora que, con ayuda de las lágrimas, el gigante estaba incapacitado visualmente, Yassell, optó por terminar con el enfrentamiento. Se acercó rápidamente al natural, mientras este limpiaba sus ojos, abrió su palma, unió sus dedos ligeramente curvados, y con el filo de la mano golpeó fuertemente la tráquea de su contrincante.
El mayúsculo se derrumbó, frente a Yassell, sobre sus rodillas, tambaleando la cabeza de un lado a otro por unos segundos, cuando por fin, el peso de su cabeza lo venció e inclinó ésta hacia atrás.
Ahora, con la vista fija en el cielo, como esperando un milagro de su Dios que le salvara la vida, lo único que recorría su mente era la imagen del caído quitándole la vida.
Yassell lo miró con desprecio, y con una veloz y certera patada descendente, que se hundió en la cara del negro, quebró su cuello. Inmediatamente, al quitarle la vida a su rival, arrancó a socorrer a su compañera.
—Yu, Yu…Yu. —repetía mientras zarandeaba con delicadeza el cuerpo en brazos de su amiga.
La pequeña, apenas con vida, escuchaba a lo lejos, una voz tierna y cálida que la convocaba. Alucinando con un paraíso, se negaba a atender el llamado.
—Yuro, por favor responde —Insistía el defensor—. ¡Yuro!
Dentro de su paraíso, la fémina miraba como éste iniciaba un estado de combustión poco a poco; contemplaba el marchitar de las flores y el derrumbar de los árboles que poco a poco transformaban el verde de sus hojas por un color oscuro y pútrido.
—Yuro, ¿estás bien? —preguntó Yassell al ver que su amiga abría los ojos.
—¿Yass? —se extrañó la pequeña.
—Me preocupaste, linda.
—Tú… —Articuló con voz entrecortada, al ver el cuerpo sin vida de su antiguo agresor detrás de su romeo.
El llanto fue inevitable y lágrimas de dulce sal comenzaron a correr por las esponjosas mejillas rosadas de la menuda fémina, mientras ésta, estrujaba por el cuello en un abrazo, a su salvador.
—¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien? —preguntó alarmado, el caído.
—Tú me salvaste… —ahogada en llanto, respondió la pequeña.
—Ven acá —Intimó incorporándose, tomando el cuerpo de su aliada en brazos—. Deja de llorar. Ya pasó. Estás a salvo. Estás conmigo.
La pequeña, sintiose segura en brazos de su amado, y sin querer perder la oportunidad, se armó de valor y disparó una mirada de seguridad directo a los ojos de su salvador. Se sujetó fuertemente al cuello de éste, rozó suavemente con sus senos el pecho de él. En su lujuria, el corazón le comenzó a palpitar, las mejillas se le sonrojaron y sus muslos se humedecieron.
Sin pensarlo dos veces, cerró los ojos y juntó suavemente sus labios con los de su provocador. Fundiéndose por la eternidad en ellos.